Todos los días me siento y espero a Dios. Con una tetera y dos tazas. Lo espero un ratito y acabo bebiéndome todo el té. Quizás la culpa es mía por esperarlo. Quizás la culpa es suya porque no quiere venir a verme (sospecho que sabe que soy un escéptico). Quizás la culpa es del té, pero prometo que intento mantenerlo caliente el máximo tiempo posible. La culpa, seguro, no es del sitio. Prefiero esperar en casa y él también prefiere que espere ahí, porque sabe que no me gustan esos sitios donde todos van a adorarlo en masa. Ambos sabemos que a mí me gusta sentirme más especial que todos esos borregos.
Al final siempre acabo bebíendome yo solo el té. Me sabe amargo. Aunque supongo que es así como un té tiene que saber.
Ése. Ése es el comienzo.
ResponderEliminarTarde o temprano el té se edulcora con una compañía que solo tú eres capaz de ver. Yo la llamo Dios. Tú, puedes llamarla felicidad.